Desde hace más de un año estoy intentando tomar una decisión.

Me estaba siendo imposible.

¿El problema? En realidad eran dos:
– Demasiadas opciones entre las que decidir.
– Miedo, sí miedo a adoptar alguna de ellas, debido a la que no estaban claras las repercusiones.

En realidad, la situación era la siguiente:
– Consideraba más viables las opciones que me gustaban menos.
– Consideraba menos viables las decisiones que más me atraían intelectualmente.

¿Qué decisión tomar?
– ¿Coger lo que es más seguro y te gusta menos?
– ¿u optar por lo menos claro pero te apasiona más?

No hay respuestas globales, ya que cada uno de nosotros tiene una escala de valores distinta, y unas necesidades y condiciones diferentes, pero muy probablemente te valga el sencillo sistema que yo he empleado:

Dudas

Primero hice una lista de todas mis opciones respecto a la decisión que quería tomar. De todas.

Segundo estudié mentalmente los “pros” y “contras” de esas decisiones. Medité (en en sentido de pensar), todas y cada una hasta que sentí que ya las conocía en la medida de mis posibilidades.

Tercero: En un día diferente al anterior en que elaboré el listado, estando tranquilo y con la mente en blanco, me fui planteando a mí mismo cada una de esas opciones… Entonces vi como una de esas sobresalía mucho más que las demás.

Obviamente llegar ahí no os va a solucionar el problema a la mayoría de vosotros, ya que igual “lo que es sale” es difícil de lograr, pero en mi caso, por esta vez he decidido arriesgarme, concederme la oportunidad de “soltarme el pelo” y arriesgarme. Me he dado un plazo (doce meses) y me voy a dar permiso para intentarlo.

 

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